Esta es sin duda mi primera redacción escolar sobre el 10 de agosto. Si sobre algún feriado obligatorio no escribí nunca una redacción fue sobre el 10 de agosto. El régimen de sierra estaba ese día inevitablemente en vacaciones. Tuve la fortuna de nunca necesitar los meses de vacaciones para enfrenar los exámenes de septiembre que en mis épocas de estudiante de colegio se llamaban “suspensos y aplazados”.
Recuerdo las clases de historia en dónde nos hablaron de Ante, Quiroga y Zambrano, de la convincente actuación de Manuela, la Cañizares claro, de la forma en que se llevó y entregó una carta de madrugada. También de lo que ocurriría casi un año después, para lo que mejor que leerlo es verlo en el museo de cera. También recuerdo el orgullo con que se mencionaba que por ese día de agosto de 1809, a Quito le correspondía el nombre glorioso de “Luz de América”, por haber dado el primer grito de la independencia americana. Si lo de las proezas de Abdón Calderón no lo creí nunca, de este grito primerizo estuve convencido por mucho tiempo. Pasaron años antes de convencerme que Estados Unidos y Haití se habían levantado muchos años antes, y que si se trataba solo de España, ya Chuquisaca en Bolivia había manifestado su propio grito, un poco antes el mismo año. Pero no importa, la fecha y el hecho fueron importantes.
Recuerdo todavía aquel 10 de agosto del setenta y nueve, donde la palabra bonita del presidente Roldós y el folclore propio de Don Assad, marcarían no solo el regreso a la democracia y el estreno de un congreso unicameral sino el frecuente enfrentamiento entre los poderes del Estado. Luego estaba la elección anual del presidente de la función legislativa que por entonces se llamaba Cámara Nacional de Representantes y los consecuentes “cambios de camiseta” que han adornado la política ecuatoriana estos poco más de treinta años.
Fue precisamente en diez de agosto en que asistí por televisión a la posesión de los presidentes Febres Cordero, Borja, Durán Ballén y a través de reportajes, noticias y alguna vez a casi vergonzosas transmisiones en vivo a más cambios de camiseta.
En el plano personal hay cosas que merecen ser recordadas. En la niñez y primeros años de juventud, las vacaciones ya en agosto parecían largas. Se jugaba al fútbol, a los escondites, a los marros, a los perros y venados, a las quemadas. A las cartas se jugaba cosas que inexplicablemente hoy todavía recuerdo, como el “ocho loco”, “vete a pescar” o el “burro inflado”. Alguna vez, al monopolio o una versión brasileña del juego que había en casa en que las avenidas caras se llamaban Copacabana, Ipanema y Leblón. Alguna vez, en lugar de “las cogidas” empezábamos a experimentar con besitos de piquito. Recuerdo claramente aquel en que fui encerrado en la parte superior de la escalera que llevaba a una terraza con María Cristina y su lengua.
En esos años me gané algunos sucres en el inusual oficio de lustrabotas, con las botas de trabajo de mi padre, y otros sucres, tal vez, más con el inusual oficio de “sacador de canas”, una de las vanidades que él tenía. Su afición a la lectura era impresionante. De él se me pegó la costumbre de buscar en los periódicos fundamentalmente los artículos de opinión, pero nunca pude, como él hacía leer los artículos de opinión de días pasados en que estos no pudieron ser leídos. Me quedó la costumbre también de buscar esos artículos en más de una fuente. Se me había encargado el trabajo de caminando ir los domingos al puesto de periódicos que había en el Hotel Colón, que por entonces no se llamaba todavía Hilton, “El Tiempo” de Bogotá, “El Comercio de Lima” o “La Nación” de Buenos Aires y por las lecturas dominicales en la mesa aprendí que el esfuerzo generalmente valía la pena.
Alguna vez el diez de agosto, aprovechando la cercanía del onomástico de papá, salimos de vacaciones. El más notable de esos viajes fue sin duda uno que hicimos a la provincia de Esmeraldas en el 78. Nos habíamos quedado hospedados en un hotel del pueblo, no de la playa que administraba un Sr. Ramos. Ese año había una cantidad de langostas, el insecto no el marisco, que atacaban al inicio de tarde a cuanto serrano descuidado pasaba. Mi papá había decidido volverse a sentar al frente del volante. Lo había hecho ya en el viaje más de una vez, y había completado el trayecto de Atacames a Súa en más de una ocasión hasta que, en un desafortunado movimiento, al llegar al hotel, y ya con el auto casi detenido en perfecto estacionamiento, en lugar de frenar aceleró a fondo. Crash. No volvió a tomar el volante de un auto.
El primer diez de agosto, después de su muerte, mamá nos llevó a un pequeño hotel de descanso cerca de Amaguaña. Había dos piscinas, baños saúna y turco. En la tarde del 10 de agosto, en el pequeño hotel vimos la transmisión del discurso del presidente Febres Cordero, a pesar de que papá no estaba. Se inauguraba así una nueva costumbre, la de pasar juntos, los tres. Mi mamá, mi hermana y yo. Interrumpida a veces por la presencia de nuestras parejas, como ocurrió precisamente aquella ocasión, al día siguiente, en que fuimos cinco, con Chelita y Enrique.
lunes, 22 de noviembre de 2010
sábado, 30 de octubre de 2010
Valerosamente en Pichincha (redacciones escolares iv)
Todavía recuerdo el paseo que, con nueve años, realicé en compañía del “grado” a “La Cima de la Libertad”. El lugar donde, nos había dicho el profesor, íbamos a recrear los sucesos con que terminaron 300 años de conquista y habían traído la libertad a nuestras tierras:
“Desde Chillogallo venía de sorpresa el Gran Mariscal venezolano. Entre sus hombres se encontraba el más bravo cuencano que haya visitado nuestro mundo hasta la fecha. Subieron de Chillogallo al Guagua, y luego atacarían con la ventaja de la altura a las fuerzas realistas. Cuando bajaba el ejército por el Pichincha una bala de cañón impactó en Abdón Calderón desmembrándole un brazo. Él pasó a sostener la bandera con la otra; y luego cuando una segunda bala le cortaba el brazo sano, siguió el patriota valiente cargando la bandera con la boca al tiempo que gritaba viva el Ecuador.”
Así fue como me lo contaron. Así, literalmente. Igual que se cuentan otras cosas fantásticas, lo contó en el bus que nos llevó del colegio a la Cima de la Libertad algún profesor. Así lo creyeron muchos. No importaba tanto que para el momento de la batalla, el mariscal todavía no era mariscal. Ni que faltaban varios años antes de que el Ecuador apareciera como país. Ni siquiera importaba tanto que alguien no solo no se desmaye desangrado en semejante condición, sino que además, sea capaz de gritar algo, con la misma boca con la que sostiene una bandera.
No sé a quien más le contaron esa historia. No sé, si muchos recibieron otra versión del héroe, tal vez menos televisiva. No sé si a alguien le contaron la historia y le dijeron que se trataba solo de una alegoría para transmitir el heroísmo. Pero sé que conocí a muchos a quienes la historia se la contaron más o menos así, y que se lo creyeron por un par de días. Tal vez más. Sé que, como ha ocurrido con tantas otras historias y afirmaciones fantásticas o milagrosas, tendrían en su momento la intención de sembrar algo bueno: el nacionalismo, el amor a la patria, la devoción al héroe.
Seguramente, hoy a los niños de siete u ocho años no les cuenten esas historias. Y tal vez hoy, si a alguno se la cuentan, no la crea. Pero con esas ideas, me pregunto, no se habría también institucionalizado la capacidad de creer en héroes milagrosos, de tratar vivir de fantasías y de glorias antiguas que residen solo en el deseo de pertenecer a algo más grande.
¿Hay alguna diferencia cuando esas historias fantasiosas y fantásticas las cuenta el maestro de escuela, el cura, o el padre? Tal vez prefiramos una historia en la que el canciller de un país solo capituló cuando le pusieron una pistola en la cabeza. Que el himno es el segundo más bonito después de La Marsellesa. Que en algún lugar del Oriente está realmente escondido el más fabuloso tesoro. Que somos un país rico muy rico. Que cuando las cosas salen mal es siempre culpa de alguien más, y que además ese alguien más es malo, poderoso y está lejos.
En el ámbito personal, los 24 fueron bastante normales, con dos excepciones: el del año de la muerte del presidente Roldós, que coincidió con la convalecencia de una cirugía de mi madre, y uno en la universidad que fue divertido:
Recuerdo, lo que nos pasó a unos amigos y a mí que cuando fuimos a Salinas por un feriado de tres días el 24 de mayo con un equipo de fútbol femenino. Como si se tratara de una canción de Maná hicimos un viaje con tanta mujer: tres amigos y ellas. Como en la canción estábamos perdidos, pero no en un barco, en un auto. En un silencio absoluto, conduciendo mientras las chicas dormían, imaginando en cada curva una parte del guión de una mala película porno de la que seríamos protagonistas. Al llegar nos dijeron: muchachos bajen las maletas. La verdad fue muy distinta de la fantasía. Ni remotamente se concretaría una orgía. Lo más cerca que estuve de ser el centro de las miradas mientras recibía favores sexuales fueron los diez segundos en que, por la noche y una vez aclaradas muchas cosas, una de las chicas peligrosamente se agachaba dirigiendo su cabeza y boca en dirección al punto donde mis piernas se encontraban con el resto del cuerpo. Pocos segundos después me di cuenta que la intención lejos de ser erótica respondía más bien a un reflejo biológico provocado por el exceso de alcohol.
Después de remover los remanentes del suceso terminamos pasándola bien: una noche de diversión, de amigos y amigas, de mucha coquetería.
Terminó siendo una historia normal, pero buena y no una fantástica. Por eso, un hombre valiente pero hombre, y no un súper héroe, o un semidios vive en nuestros corazones después de haber muerto valerosamente en Pichincha peleando por aquello en que creía.
“Desde Chillogallo venía de sorpresa el Gran Mariscal venezolano. Entre sus hombres se encontraba el más bravo cuencano que haya visitado nuestro mundo hasta la fecha. Subieron de Chillogallo al Guagua, y luego atacarían con la ventaja de la altura a las fuerzas realistas. Cuando bajaba el ejército por el Pichincha una bala de cañón impactó en Abdón Calderón desmembrándole un brazo. Él pasó a sostener la bandera con la otra; y luego cuando una segunda bala le cortaba el brazo sano, siguió el patriota valiente cargando la bandera con la boca al tiempo que gritaba viva el Ecuador.”
Así fue como me lo contaron. Así, literalmente. Igual que se cuentan otras cosas fantásticas, lo contó en el bus que nos llevó del colegio a la Cima de la Libertad algún profesor. Así lo creyeron muchos. No importaba tanto que para el momento de la batalla, el mariscal todavía no era mariscal. Ni que faltaban varios años antes de que el Ecuador apareciera como país. Ni siquiera importaba tanto que alguien no solo no se desmaye desangrado en semejante condición, sino que además, sea capaz de gritar algo, con la misma boca con la que sostiene una bandera.
No sé a quien más le contaron esa historia. No sé, si muchos recibieron otra versión del héroe, tal vez menos televisiva. No sé si a alguien le contaron la historia y le dijeron que se trataba solo de una alegoría para transmitir el heroísmo. Pero sé que conocí a muchos a quienes la historia se la contaron más o menos así, y que se lo creyeron por un par de días. Tal vez más. Sé que, como ha ocurrido con tantas otras historias y afirmaciones fantásticas o milagrosas, tendrían en su momento la intención de sembrar algo bueno: el nacionalismo, el amor a la patria, la devoción al héroe.
Seguramente, hoy a los niños de siete u ocho años no les cuenten esas historias. Y tal vez hoy, si a alguno se la cuentan, no la crea. Pero con esas ideas, me pregunto, no se habría también institucionalizado la capacidad de creer en héroes milagrosos, de tratar vivir de fantasías y de glorias antiguas que residen solo en el deseo de pertenecer a algo más grande.
¿Hay alguna diferencia cuando esas historias fantasiosas y fantásticas las cuenta el maestro de escuela, el cura, o el padre? Tal vez prefiramos una historia en la que el canciller de un país solo capituló cuando le pusieron una pistola en la cabeza. Que el himno es el segundo más bonito después de La Marsellesa. Que en algún lugar del Oriente está realmente escondido el más fabuloso tesoro. Que somos un país rico muy rico. Que cuando las cosas salen mal es siempre culpa de alguien más, y que además ese alguien más es malo, poderoso y está lejos.
En el ámbito personal, los 24 fueron bastante normales, con dos excepciones: el del año de la muerte del presidente Roldós, que coincidió con la convalecencia de una cirugía de mi madre, y uno en la universidad que fue divertido:
Recuerdo, lo que nos pasó a unos amigos y a mí que cuando fuimos a Salinas por un feriado de tres días el 24 de mayo con un equipo de fútbol femenino. Como si se tratara de una canción de Maná hicimos un viaje con tanta mujer: tres amigos y ellas. Como en la canción estábamos perdidos, pero no en un barco, en un auto. En un silencio absoluto, conduciendo mientras las chicas dormían, imaginando en cada curva una parte del guión de una mala película porno de la que seríamos protagonistas. Al llegar nos dijeron: muchachos bajen las maletas. La verdad fue muy distinta de la fantasía. Ni remotamente se concretaría una orgía. Lo más cerca que estuve de ser el centro de las miradas mientras recibía favores sexuales fueron los diez segundos en que, por la noche y una vez aclaradas muchas cosas, una de las chicas peligrosamente se agachaba dirigiendo su cabeza y boca en dirección al punto donde mis piernas se encontraban con el resto del cuerpo. Pocos segundos después me di cuenta que la intención lejos de ser erótica respondía más bien a un reflejo biológico provocado por el exceso de alcohol.
Después de remover los remanentes del suceso terminamos pasándola bien: una noche de diversión, de amigos y amigas, de mucha coquetería.
Terminó siendo una historia normal, pero buena y no una fantástica. Por eso, un hombre valiente pero hombre, y no un súper héroe, o un semidios vive en nuestros corazones después de haber muerto valerosamente en Pichincha peleando por aquello en que creía.
viernes, 22 de octubre de 2010
¡Qué trabajo! (redacciones escolares iii)
De todos los feriados obligatorios de lejos el más aburrido fue siempre el día del trabajo. No tenían tradiciones, no tenían comida especial, no tenían reuniones especiales. Los días del trabajo daban siempre trabajo. De los meses y años que siguieron al regreso a la democracia, lo que persiste en mi memoria son las marchas que los primero de mayo eran infaltables, y que eran organizadas por el Frente Unitario de Trabajadores. De éste, a su vez, a mí me llamaba la atención que tuviera entre sus componentes a una unión laboral de trabajadores que se calificaba en el nombre como cristiana.
Las redacciones escolares de la escuela, giraban una y otra vez, un año y el siguiente, en torno a los sucesos que habían acaecido con unos trabajadores en una ciudad, lo supe después, de un país en el que día del trabajo no se celebra los uno de mayo.
Lo demás era reivindicar los logros de los trabajadores. Trabajar un máximo de ocho horas por día, cuarenta y cuatro horas a la semana. En algún momento de mi niñez, tal vez al mismo tiempo que de la jornada estudiantil desaparecían la mañana y la tarde con almuerzo en casa, para aparecer la jornada única; la mayoría de los miembros de la familia de mamá vieron desaparecer de sus vidas el trabajo del sábado en la mañana. La jornada laboral se volvía para muchos de cuarenta horas. La jornada única trajo tardes más largas, en las que había tiempo suficiente para ver programas de televisión como Telejardín o el “Tío Johnny”; sus concursos, su vaso de leche y sus cascaritas. También había tiempo para terminar la comida. Ya no había pretexto para saltar el “arroz de cebada” o el “timbushka” porque teníamos que volver al colegio. La paciencia, y no el recorrido del bus del colegio fueron el nuevo límite de espera para pasar de la sopa al segundo o seco como le decían otros.
Las tardes más libres nos daban tiempo a mi hermana y a mí para incrementar nuestras horas de juego. Juegos que en turnos iban del fútbol al té, a la casita, o la enfermera. Tal vez el juego favorito de la niñez fue los “Titanes en el Ring”. Casi siempre era yo la Momia, luchador sordomudo; pero también era Pepino, el payaso; o Yolanka, el astronauta. Invariablemente mi hermana era Martín Caralajeán, que a las viuditas tenía mal, el campeón del torneo, el que nunca perdía en la televisión y casi siempre en casa.
En los primero de mayo siempre hablaban de lo malo que era el gobierno o del servicio sumiso de los integrantes del gobierno a intereses imperialistas. También casi siempre se hablaba de aumentos o, como ya había sucedido en más de una ocasión, de nuevos salarios extraordinarios. El campeón de esos salarios, según recuerdo, había sido el presidente Carlos Julio Arosemena. En ese tiempo en que mis días de redacciones escolares se acercaban a su fin se aprobaba el decimoquinto sueldo. Aun a esa edad ya me preguntaba por qué tantos salarios si el año solo tiene doce meses. Cuando a poco de inaugurar su período el gobierno del presidente Roldós duplicó el salario mínimo vital se me ocurrían varias pregunta ingenuas: una, qué pasaba con aquellos que ganaban más que el salario mínimo, sería que se duplicaba también; dos, de donde se sacaba la plata para los aumentos. Entendí que los empresarios y comerciantes venderían más caro para poder cubrir los aumentos, y que el gobierno podría imprimir billetes si le hacía falta. Unos ocho años después que eso había contribuido de manera importante a que el presidente Borja, durante su gobierno intentara sin éxito bajar la inflación al 30%, después de haber enfrentado y vencido en segunda vuelta al líder de un partido político que se llamaba precisamente Roldosista, y que enumeraba entre sus logros precisamente ese histórico aumento.
Así es la vida, a veces puro trabajo.
Las redacciones escolares de la escuela, giraban una y otra vez, un año y el siguiente, en torno a los sucesos que habían acaecido con unos trabajadores en una ciudad, lo supe después, de un país en el que día del trabajo no se celebra los uno de mayo.
Lo demás era reivindicar los logros de los trabajadores. Trabajar un máximo de ocho horas por día, cuarenta y cuatro horas a la semana. En algún momento de mi niñez, tal vez al mismo tiempo que de la jornada estudiantil desaparecían la mañana y la tarde con almuerzo en casa, para aparecer la jornada única; la mayoría de los miembros de la familia de mamá vieron desaparecer de sus vidas el trabajo del sábado en la mañana. La jornada laboral se volvía para muchos de cuarenta horas. La jornada única trajo tardes más largas, en las que había tiempo suficiente para ver programas de televisión como Telejardín o el “Tío Johnny”; sus concursos, su vaso de leche y sus cascaritas. También había tiempo para terminar la comida. Ya no había pretexto para saltar el “arroz de cebada” o el “timbushka” porque teníamos que volver al colegio. La paciencia, y no el recorrido del bus del colegio fueron el nuevo límite de espera para pasar de la sopa al segundo o seco como le decían otros.
Las tardes más libres nos daban tiempo a mi hermana y a mí para incrementar nuestras horas de juego. Juegos que en turnos iban del fútbol al té, a la casita, o la enfermera. Tal vez el juego favorito de la niñez fue los “Titanes en el Ring”. Casi siempre era yo la Momia, luchador sordomudo; pero también era Pepino, el payaso; o Yolanka, el astronauta. Invariablemente mi hermana era Martín Caralajeán, que a las viuditas tenía mal, el campeón del torneo, el que nunca perdía en la televisión y casi siempre en casa.
En los primero de mayo siempre hablaban de lo malo que era el gobierno o del servicio sumiso de los integrantes del gobierno a intereses imperialistas. También casi siempre se hablaba de aumentos o, como ya había sucedido en más de una ocasión, de nuevos salarios extraordinarios. El campeón de esos salarios, según recuerdo, había sido el presidente Carlos Julio Arosemena. En ese tiempo en que mis días de redacciones escolares se acercaban a su fin se aprobaba el decimoquinto sueldo. Aun a esa edad ya me preguntaba por qué tantos salarios si el año solo tiene doce meses. Cuando a poco de inaugurar su período el gobierno del presidente Roldós duplicó el salario mínimo vital se me ocurrían varias pregunta ingenuas: una, qué pasaba con aquellos que ganaban más que el salario mínimo, sería que se duplicaba también; dos, de donde se sacaba la plata para los aumentos. Entendí que los empresarios y comerciantes venderían más caro para poder cubrir los aumentos, y que el gobierno podría imprimir billetes si le hacía falta. Unos ocho años después que eso había contribuido de manera importante a que el presidente Borja, durante su gobierno intentara sin éxito bajar la inflación al 30%, después de haber enfrentado y vencido en segunda vuelta al líder de un partido político que se llamaba precisamente Roldosista, y que enumeraba entre sus logros precisamente ese histórico aumento.
Así es la vida, a veces puro trabajo.
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