Tuve la suerte, durante la infancia y adolescencia, de pasar El Día de los Muertos lejos de los cementerios. El abuelo que faltaba se había ido aun antes de conocer a estos nietos. Con la complicidad de la independencia cuencana, se había convertido en un feriado más largo. Como los otros feriados religiosos, estuvo casi siempre adornado por las tradicionales coladas moradas y guaguas de pan. Recuerdo claramente como, cuando niños, en la casa de los primos en San Juan, alguna vez discutíamos porque la falta de una guagua individual nos obligaba a reñir por quién se comería la cabeza, quién un brazo o una pierna. Antes de comerla, la guagua debía ser “bautizada” con el caldo de la famosa colada, que puede incluir dependiendo de la receta moras, piñas y frutillas sobre la base del ingrediente principal: el mortiño. Eso que, en otras partes, se llama arándano o agrás.
El recuerdo más persistente de las guaguas estuvo siempre relacionado con una lluvia imposible que me agarró en la mitad del camino de regreso desde el Chantilly. No encontré a tiempo lugar para escampar y, en segundos, estuve completamente empapado. Entonces, seguí caminando bajo la lluvia, disfrutando del contacto con el agua fría y de la expresión de extrañeza que ponían las personas al verme caminar, como un loco, con excesiva tranquilidad y con las guaguas en una bolsa a la que trataba de proteger lo mejor que podía. Nunca encontré una mejor manera de vivir ese refrán de … “al mal tiempo, buena cara”.
El recuerdo de finados más importante viene, sin embargo, de una ocasión en la que nos reunimos en casa de mi tía Cecilia, en el barrio del Rosario, con todos los tíos y primos y alguna consuegra de la familia de mi abuela materna. El propósito de la reunión de aquel día era jugar algo que, según nos contaba la abuela, había sido en Quito tan tradicional al día de finados como las guaguas de pan.
El “Juego del Palacio”, que jugamos esa sola vez, requería una preparación importante. Primero, estaban los dados. Se necesitaban seis. A los cuatro primeros se les pintaban de blanco cinco caras, dejando visible un solo número en cada dado: un uno, un dos, un tres y un cuatro. A los otros dos dados, se les pintaba de blanco las seis caras, para luego, con tinta de otro color se pintaba en una sola de sus caras blancas, un martillo en uno de esos dados, y una campana en el otro. También, había que preparar las tarjetas, todas de idéntico tamaño: una tarjeta con un martillo, otra con una campana, otra con un martillo y una campana, la cuarta con un burro y la quinta con un palacio.
Lo siguiente era conseguir los cocos. Unos minúsculos cocos que abundaban en Quito en la niñez de algunas palmeras que habían aprendido a dar frutos a 2800 metros, aun cuando sus frutos fueran pequeños e incomibles. Los cocos eran la moneda oficial del juego. Los jugadores debían llevarlas para jugar. En aquella ocasión, sin embargo, jugamos con sucres, que todavía existían, y no con cocos. Era difícil conseguir tantos cocos para tantos jugadores.
Luego venía la subasta, cada pieza se vendía al mejor postor con un sistema de martillo de quien da más. Cada pieza se vendía por separado, y la pieza de mayor valor era el burro. No recuerdo en cuanto se subastaron el martillo, la campana, el martillo y la campana, o el palacio, pero sí recuerdo claramente el precio de venta del burro. Fue por algo más de cien sucres. Lo compró mi tío Raúl. Con el resultado de las subastas, se constituía un pozo. Ningún jugador podía poseer más de una figura.
En el juego, cada jugador tomaba su turno y lanzaba los datos. Si había tantos, es decir números, estos se sumaban. Si aparecían las figuras, el jugador debía pagar al dueño de la figura, sea al martillo, la campana, o el martillo y la campana, el número de cocos, en nuestro caso, sucres. Si había puntos, pero no figura, el jugador tomaba para sí del pozo, el número de “tantos propios”. Si había figuras pero no punto, el dueño de la figura pagaba un punto al burro, si todo era blanco, el pozo pagaba un punto al burro. El juego continuaba hasta que el pozo quedaba con un número menor o igual a diez cocos. Entonces, si el jugador obtenía en puntos el mismo número de cocos en el pozo, eran suyos y terminaba el juego, sino si aparecían puntos debía pagarse al palacio, o continuar pagando al burro, si todo salía blanco.
Fue una tarde divertida, por la participación de todos, pero sobre todo por la dinámica que la abuela le ponía a las cosas y la pregunta de todos, si el burro iba a llegar a pagar el valor de la subasta. Llegó.
domingo, 12 de diciembre de 2010
sábado, 4 de diciembre de 2010
Días de octubre (redacciones escolares vi)
El feriado de octubre involucraba, en mis tiempos de estudiante dos días, tanto el 9 como el 12, que, en ocasiones, eran feriados solo porque los demás no trabajaban, y además, para nosotros, los estudiantes de la Sierra significaba el final de las vacaciones. Las clases se iniciaban inmediatamente después. Con el transcurso de los años, las clases fueron iniciando más temprano, en torno al primer día de octubre, justamente en los días de aquel tremendo aguacero que los quiteños de antes llamaban el “cordonazo de San Francisco”.
El 12 de octubre, aunque marcado con el nombre de “Día de la Raza”, es la fecha del, nos decían entonces, “Descubrimiento de América”, y sobre él cual escribí más de una vez, la primera redacción del año escolar, describiendo una y otra vez la historia de un tal Rodrigo de Triana que, al avistar la Española, gritaba “tierra, tierra” para tranquilidad de sus compañeros de viaje, alegría de Don Cristóbal y pesar de los descubiertos. Sin embargo, ninguna narración ha sido tan divertida como la parodia que Les Luthiers nos presentara cuando Don Rodrigo llegaba a la isla y los indígenas contentos gritaban en coro, en contraste al solo de Triana, “nos descubrieron, nos descubrieron”.
El 12 de octubre, durante toda mi niñez y juventud, no generó mayores complicaciones. Sin embargo, al acercarse el aniversario de los 500 años, empezaron las críticas sobre si era conveniente celebrar o no semejante acontecimiento, y las propuestas por terminar con aquel feriado. Afortunadamente, junto con Pedro y Pablo, no los apóstoles sino mis buenos compañeros de la universidad, volvimos realidad la idea de conmemorar esos quinientos años en el lugar apropiado: la Española.
El 9 de octubre, en cambio, se conmemora aun la gesta de octubre, fecha de Guayaquil. Y precisamente en Guayaquil fue donde mejor disfrutamos todo ese feriado, en más de una ocasión; gracias al esfuerzo de papá y mamá por hacer coincidir los trabajos del interminable puente que sobre el río Daule construía. El punto central del paseo era, para mi padre, la Feria de Durán, tanto por las exposiciones como por la presencia de algunos artistas, particularmente la portorriqueña Iris Chacón de quién él estaba, de alguna manera no demasiado secreta, aficionado.
Para nosotros, aun muchachos, Guayaquil era un lugar en donde, casi siempre, todo giraba en torno a la comida. En los restaurantes de la Víctor Emilio Estrada, la 9 de octubre o la Carlos Julio Arosemena Tola, los ceviches y el arroz con menestra de la Arbolada, el encebollado de la avenida Quito. También en los desayunos de los diversos hoteles que fueron, dependiendo de la mayor o menor restricción económica del momento, el Ramada, el Alexander o el San Juan. El lugar favorito para comer era un restaurante pequeño, en la Primero de Mayo, que operaba en lo que había sido, alguna vez, un estacionamiento. Se llamaba La Chimenea, lugar de hayacas, de pasteles, del intragable caldo de manguera y, por sobre todo, del arroz con cangrejo.
Pero el recuerdo mayor, y seguro el más grato, ocurría en la Dulcería Las Palmas, en pleno Centro, como se decía entonces. Un lugar donde, sin falta, nos llevaban de niños, y donde parecía que el reloj se había detenido hacía unos cincuenta años. Los panes dulces, los pasteles de queso, los batidos calientes con el vaso de hielo licuado a un lado lucían siempre buenos, pero por alguna razón tan antiguos como se veían los meseros que atendían en el lugar. Lo mejor eran, sin duda, los helados. Mi favorito era la combinación de leche con mora, pero los sabores eran múltiples. En una ocasión, el más antiguo de los antiguos meseros se acercó a nuestra mesa, y tomó la orden de helados. Cada quien ordenó una combinación distinta de dos sabores. Ocho en total en cuatro copas. Llegaron cuatro helados, ocho sabores, tal vez cinco de los ordenados, ninguna combinación acertó. El viejo nos miraba con mayor extrañeza que la mirada que le ofrecíamos a él. Levantó sus hombros, sonrío con picardía, nos dijo que estaba ya viejo y los distribuyó a su antojo, pero con mucha gracia. Los disfrutamos, sin protestar.
El lugar, el momento y la acción de aquel mesero marcó, en mi memoria, el recuerdo del Guayaquil que conocí de niño. Al lugar regresé muchos años después, en un viaje de trabajo, precisamente en compañía de Pedro, de nuevo el amigo, no el apóstol. El reloj continuaba detenido.
El 12 de octubre, aunque marcado con el nombre de “Día de la Raza”, es la fecha del, nos decían entonces, “Descubrimiento de América”, y sobre él cual escribí más de una vez, la primera redacción del año escolar, describiendo una y otra vez la historia de un tal Rodrigo de Triana que, al avistar la Española, gritaba “tierra, tierra” para tranquilidad de sus compañeros de viaje, alegría de Don Cristóbal y pesar de los descubiertos. Sin embargo, ninguna narración ha sido tan divertida como la parodia que Les Luthiers nos presentara cuando Don Rodrigo llegaba a la isla y los indígenas contentos gritaban en coro, en contraste al solo de Triana, “nos descubrieron, nos descubrieron”.
El 12 de octubre, durante toda mi niñez y juventud, no generó mayores complicaciones. Sin embargo, al acercarse el aniversario de los 500 años, empezaron las críticas sobre si era conveniente celebrar o no semejante acontecimiento, y las propuestas por terminar con aquel feriado. Afortunadamente, junto con Pedro y Pablo, no los apóstoles sino mis buenos compañeros de la universidad, volvimos realidad la idea de conmemorar esos quinientos años en el lugar apropiado: la Española.
El 9 de octubre, en cambio, se conmemora aun la gesta de octubre, fecha de Guayaquil. Y precisamente en Guayaquil fue donde mejor disfrutamos todo ese feriado, en más de una ocasión; gracias al esfuerzo de papá y mamá por hacer coincidir los trabajos del interminable puente que sobre el río Daule construía. El punto central del paseo era, para mi padre, la Feria de Durán, tanto por las exposiciones como por la presencia de algunos artistas, particularmente la portorriqueña Iris Chacón de quién él estaba, de alguna manera no demasiado secreta, aficionado.
Para nosotros, aun muchachos, Guayaquil era un lugar en donde, casi siempre, todo giraba en torno a la comida. En los restaurantes de la Víctor Emilio Estrada, la 9 de octubre o la Carlos Julio Arosemena Tola, los ceviches y el arroz con menestra de la Arbolada, el encebollado de la avenida Quito. También en los desayunos de los diversos hoteles que fueron, dependiendo de la mayor o menor restricción económica del momento, el Ramada, el Alexander o el San Juan. El lugar favorito para comer era un restaurante pequeño, en la Primero de Mayo, que operaba en lo que había sido, alguna vez, un estacionamiento. Se llamaba La Chimenea, lugar de hayacas, de pasteles, del intragable caldo de manguera y, por sobre todo, del arroz con cangrejo.
Pero el recuerdo mayor, y seguro el más grato, ocurría en la Dulcería Las Palmas, en pleno Centro, como se decía entonces. Un lugar donde, sin falta, nos llevaban de niños, y donde parecía que el reloj se había detenido hacía unos cincuenta años. Los panes dulces, los pasteles de queso, los batidos calientes con el vaso de hielo licuado a un lado lucían siempre buenos, pero por alguna razón tan antiguos como se veían los meseros que atendían en el lugar. Lo mejor eran, sin duda, los helados. Mi favorito era la combinación de leche con mora, pero los sabores eran múltiples. En una ocasión, el más antiguo de los antiguos meseros se acercó a nuestra mesa, y tomó la orden de helados. Cada quien ordenó una combinación distinta de dos sabores. Ocho en total en cuatro copas. Llegaron cuatro helados, ocho sabores, tal vez cinco de los ordenados, ninguna combinación acertó. El viejo nos miraba con mayor extrañeza que la mirada que le ofrecíamos a él. Levantó sus hombros, sonrío con picardía, nos dijo que estaba ya viejo y los distribuyó a su antojo, pero con mucha gracia. Los disfrutamos, sin protestar.
El lugar, el momento y la acción de aquel mesero marcó, en mi memoria, el recuerdo del Guayaquil que conocí de niño. Al lugar regresé muchos años después, en un viaje de trabajo, precisamente en compañía de Pedro, de nuevo el amigo, no el apóstol. El reloj continuaba detenido.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Laz luces y la ciudad (redacciones escolares v)
Esta es sin duda mi primera redacción escolar sobre el 10 de agosto. Si sobre algún feriado obligatorio no escribí nunca una redacción fue sobre el 10 de agosto. El régimen de sierra estaba ese día inevitablemente en vacaciones. Tuve la fortuna de nunca necesitar los meses de vacaciones para enfrenar los exámenes de septiembre que en mis épocas de estudiante de colegio se llamaban “suspensos y aplazados”.
Recuerdo las clases de historia en dónde nos hablaron de Ante, Quiroga y Zambrano, de la convincente actuación de Manuela, la Cañizares claro, de la forma en que se llevó y entregó una carta de madrugada. También de lo que ocurriría casi un año después, para lo que mejor que leerlo es verlo en el museo de cera. También recuerdo el orgullo con que se mencionaba que por ese día de agosto de 1809, a Quito le correspondía el nombre glorioso de “Luz de América”, por haber dado el primer grito de la independencia americana. Si lo de las proezas de Abdón Calderón no lo creí nunca, de este grito primerizo estuve convencido por mucho tiempo. Pasaron años antes de convencerme que Estados Unidos y Haití se habían levantado muchos años antes, y que si se trataba solo de España, ya Chuquisaca en Bolivia había manifestado su propio grito, un poco antes el mismo año. Pero no importa, la fecha y el hecho fueron importantes.
Recuerdo todavía aquel 10 de agosto del setenta y nueve, donde la palabra bonita del presidente Roldós y el folclore propio de Don Assad, marcarían no solo el regreso a la democracia y el estreno de un congreso unicameral sino el frecuente enfrentamiento entre los poderes del Estado. Luego estaba la elección anual del presidente de la función legislativa que por entonces se llamaba Cámara Nacional de Representantes y los consecuentes “cambios de camiseta” que han adornado la política ecuatoriana estos poco más de treinta años.
Fue precisamente en diez de agosto en que asistí por televisión a la posesión de los presidentes Febres Cordero, Borja, Durán Ballén y a través de reportajes, noticias y alguna vez a casi vergonzosas transmisiones en vivo a más cambios de camiseta.
En el plano personal hay cosas que merecen ser recordadas. En la niñez y primeros años de juventud, las vacaciones ya en agosto parecían largas. Se jugaba al fútbol, a los escondites, a los marros, a los perros y venados, a las quemadas. A las cartas se jugaba cosas que inexplicablemente hoy todavía recuerdo, como el “ocho loco”, “vete a pescar” o el “burro inflado”. Alguna vez, al monopolio o una versión brasileña del juego que había en casa en que las avenidas caras se llamaban Copacabana, Ipanema y Leblón. Alguna vez, en lugar de “las cogidas” empezábamos a experimentar con besitos de piquito. Recuerdo claramente aquel en que fui encerrado en la parte superior de la escalera que llevaba a una terraza con María Cristina y su lengua.
En esos años me gané algunos sucres en el inusual oficio de lustrabotas, con las botas de trabajo de mi padre, y otros sucres, tal vez, más con el inusual oficio de “sacador de canas”, una de las vanidades que él tenía. Su afición a la lectura era impresionante. De él se me pegó la costumbre de buscar en los periódicos fundamentalmente los artículos de opinión, pero nunca pude, como él hacía leer los artículos de opinión de días pasados en que estos no pudieron ser leídos. Me quedó la costumbre también de buscar esos artículos en más de una fuente. Se me había encargado el trabajo de caminando ir los domingos al puesto de periódicos que había en el Hotel Colón, que por entonces no se llamaba todavía Hilton, “El Tiempo” de Bogotá, “El Comercio de Lima” o “La Nación” de Buenos Aires y por las lecturas dominicales en la mesa aprendí que el esfuerzo generalmente valía la pena.
Alguna vez el diez de agosto, aprovechando la cercanía del onomástico de papá, salimos de vacaciones. El más notable de esos viajes fue sin duda uno que hicimos a la provincia de Esmeraldas en el 78. Nos habíamos quedado hospedados en un hotel del pueblo, no de la playa que administraba un Sr. Ramos. Ese año había una cantidad de langostas, el insecto no el marisco, que atacaban al inicio de tarde a cuanto serrano descuidado pasaba. Mi papá había decidido volverse a sentar al frente del volante. Lo había hecho ya en el viaje más de una vez, y había completado el trayecto de Atacames a Súa en más de una ocasión hasta que, en un desafortunado movimiento, al llegar al hotel, y ya con el auto casi detenido en perfecto estacionamiento, en lugar de frenar aceleró a fondo. Crash. No volvió a tomar el volante de un auto.
El primer diez de agosto, después de su muerte, mamá nos llevó a un pequeño hotel de descanso cerca de Amaguaña. Había dos piscinas, baños saúna y turco. En la tarde del 10 de agosto, en el pequeño hotel vimos la transmisión del discurso del presidente Febres Cordero, a pesar de que papá no estaba. Se inauguraba así una nueva costumbre, la de pasar juntos, los tres. Mi mamá, mi hermana y yo. Interrumpida a veces por la presencia de nuestras parejas, como ocurrió precisamente aquella ocasión, al día siguiente, en que fuimos cinco, con Chelita y Enrique.
Recuerdo las clases de historia en dónde nos hablaron de Ante, Quiroga y Zambrano, de la convincente actuación de Manuela, la Cañizares claro, de la forma en que se llevó y entregó una carta de madrugada. También de lo que ocurriría casi un año después, para lo que mejor que leerlo es verlo en el museo de cera. También recuerdo el orgullo con que se mencionaba que por ese día de agosto de 1809, a Quito le correspondía el nombre glorioso de “Luz de América”, por haber dado el primer grito de la independencia americana. Si lo de las proezas de Abdón Calderón no lo creí nunca, de este grito primerizo estuve convencido por mucho tiempo. Pasaron años antes de convencerme que Estados Unidos y Haití se habían levantado muchos años antes, y que si se trataba solo de España, ya Chuquisaca en Bolivia había manifestado su propio grito, un poco antes el mismo año. Pero no importa, la fecha y el hecho fueron importantes.
Recuerdo todavía aquel 10 de agosto del setenta y nueve, donde la palabra bonita del presidente Roldós y el folclore propio de Don Assad, marcarían no solo el regreso a la democracia y el estreno de un congreso unicameral sino el frecuente enfrentamiento entre los poderes del Estado. Luego estaba la elección anual del presidente de la función legislativa que por entonces se llamaba Cámara Nacional de Representantes y los consecuentes “cambios de camiseta” que han adornado la política ecuatoriana estos poco más de treinta años.
Fue precisamente en diez de agosto en que asistí por televisión a la posesión de los presidentes Febres Cordero, Borja, Durán Ballén y a través de reportajes, noticias y alguna vez a casi vergonzosas transmisiones en vivo a más cambios de camiseta.
En el plano personal hay cosas que merecen ser recordadas. En la niñez y primeros años de juventud, las vacaciones ya en agosto parecían largas. Se jugaba al fútbol, a los escondites, a los marros, a los perros y venados, a las quemadas. A las cartas se jugaba cosas que inexplicablemente hoy todavía recuerdo, como el “ocho loco”, “vete a pescar” o el “burro inflado”. Alguna vez, al monopolio o una versión brasileña del juego que había en casa en que las avenidas caras se llamaban Copacabana, Ipanema y Leblón. Alguna vez, en lugar de “las cogidas” empezábamos a experimentar con besitos de piquito. Recuerdo claramente aquel en que fui encerrado en la parte superior de la escalera que llevaba a una terraza con María Cristina y su lengua.
En esos años me gané algunos sucres en el inusual oficio de lustrabotas, con las botas de trabajo de mi padre, y otros sucres, tal vez, más con el inusual oficio de “sacador de canas”, una de las vanidades que él tenía. Su afición a la lectura era impresionante. De él se me pegó la costumbre de buscar en los periódicos fundamentalmente los artículos de opinión, pero nunca pude, como él hacía leer los artículos de opinión de días pasados en que estos no pudieron ser leídos. Me quedó la costumbre también de buscar esos artículos en más de una fuente. Se me había encargado el trabajo de caminando ir los domingos al puesto de periódicos que había en el Hotel Colón, que por entonces no se llamaba todavía Hilton, “El Tiempo” de Bogotá, “El Comercio de Lima” o “La Nación” de Buenos Aires y por las lecturas dominicales en la mesa aprendí que el esfuerzo generalmente valía la pena.
Alguna vez el diez de agosto, aprovechando la cercanía del onomástico de papá, salimos de vacaciones. El más notable de esos viajes fue sin duda uno que hicimos a la provincia de Esmeraldas en el 78. Nos habíamos quedado hospedados en un hotel del pueblo, no de la playa que administraba un Sr. Ramos. Ese año había una cantidad de langostas, el insecto no el marisco, que atacaban al inicio de tarde a cuanto serrano descuidado pasaba. Mi papá había decidido volverse a sentar al frente del volante. Lo había hecho ya en el viaje más de una vez, y había completado el trayecto de Atacames a Súa en más de una ocasión hasta que, en un desafortunado movimiento, al llegar al hotel, y ya con el auto casi detenido en perfecto estacionamiento, en lugar de frenar aceleró a fondo. Crash. No volvió a tomar el volante de un auto.
El primer diez de agosto, después de su muerte, mamá nos llevó a un pequeño hotel de descanso cerca de Amaguaña. Había dos piscinas, baños saúna y turco. En la tarde del 10 de agosto, en el pequeño hotel vimos la transmisión del discurso del presidente Febres Cordero, a pesar de que papá no estaba. Se inauguraba así una nueva costumbre, la de pasar juntos, los tres. Mi mamá, mi hermana y yo. Interrumpida a veces por la presencia de nuestras parejas, como ocurrió precisamente aquella ocasión, al día siguiente, en que fuimos cinco, con Chelita y Enrique.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)